Camino de ¿perfección?: las andaduras del pretérito perfecto por la lengua y su enseñanza

CARLOS SOLER MONTES. The University of Edinburgh.

Este verano la editorial Difusión me ha propuesto escribir una entrada sobre el pretérito perfecto para su blog y yo he aceptado el encargo con entusiasmo porque he dedicado mucho tiempo a analizar y entender esta forma verbal del pasado, por dentro y por fuera.

El pretérito perfecto puede irrumpir en nuestro discurso y en el de nuestros estudiantes de español con mucha facilidad, y casi desde el primer momento. Este tiempo de pasado que también tiene mucho de presente, nos sirve para hablar de las vacaciones, del fin semana, de nuestra formación o experiencia profesional, y parece no arrastrar tantas complicaciones morfológicas: se forma con el verbo haber como auxiliar, conjugándolo en presente, y un participio terminado en –ado o en –ido.

Sin embargo, este tiempo verbal tan socorrido puede complicar la existencia de profesores y estudiantes al ponerlo en contraposición con el pretérito indefinido, pues no siempre los límites entre uno y otro están claros, tampoco lo llegan a estar sus usos específicos, ni resultan evidentes las tendencias dialectales que fluctúan en favor de una u otra forma por las geografías del español. Dediquemos un rato a repasar la vida y milagros del pretérito perfecto para entender mejor cómo poder enseñarlo y aprenderlo.

Un pasado bipolar

El pretérito perfecto es un tiempo verbal peculiar donde los haya. Tiene algo de bipolar por naturaleza:  a pesar de su indiscutible valor de anterioridad y su asociación clara con la perfección (en el sentido gramatical del término, es decir: terminado), con esa idea de designar procesos ya realizados dentro un ámbito temporal concreto, está inexorablemente unido al presente y al momento del habla. Los lingüistas están convencidos de que es una de las estructuras de la gramática española más flexible y cambiante. De hecho, sus usos están sujetos a una gran variación por parte de los hablantes a lo largo y ancho del mundo hispánico, encontramos incluso alternancias a la hora de referirnos a él: antepresente, pretérito perfecto, pretérito perfecto compuesto, presente perfecto

Veamos como a lo largo de su historia, este tiempo, al que para mayor facilidad en esta ocasión llamamos pretérito perfecto a secas, ha ido desarrollándose para ocupar hoy un lugar privilegiado en el discurso referido al pasado de una parte de los hispanohablantes.

Un pasado inventado

El pretérito perfecto nació o, mejor dicho, se inventó (según indican los especialistas) en un periodo crucial pero muy turbulento para la historia de nuestro idioma, una época de transición en la que el latín deja de ser latín para empezar a reconfigurarse en torno a una serie de modalidades lingüísticas diferentes y dispersas, que acabarían dando lugar a lo que hoy conocemos como lenguas románicas. Es en esa época en la que la perífrasis latina habere + participio pierde su significado original de posesión (habere en latín significaba tener) y comienza a utilizarse en contextos de pasado, alejándose de su primitivo carácter resultativo y perdiendo además la necesidad de establecer la concordancia entre el auxiliar y el participio que actuaba como parte del complemento directo (esto se aprecia bien en las reminiscencias de su estructura original que hoy se sigue utilizando en nuestra lengua: tengo hecha la comida, tenemos tramitados todos los pedidos).

Nacía así en el espacio románico un nuevo tiempo verbal que, poco a poco, emprendería un “camino de perfección”, alejándose cada vez más de su naturaleza resultativa, asociada a acciones con un resultado en el momento del habla, en el presente, para adentrarse en la esfera del pasado. En francés o en italiano el pretérito prefecto no frenó en su andadura y siguió alejándose del presente hasta llegar a sustituir casi por completo al pretérito perfecto simple (también conocido como indefinido) y utilizarse en contextos de pasado remoto. En español no evolucionó tanto. Se limitó, en teoría, a nombrar acciones claramente pasadas, pero no necesariamente terminadas, al estar conectadas todavía al presente: las acciones de aspecto perfecto, pero sin incluir acciones de aspecto perfectivo que, por oposición, se expresarían en pretérito perfecto simple y tendrían una naturaleza terminada y sin vinculación con el presente.

Así las cosas, el pretérito perfecto echa a andar en español, refiriéndose a un tiempo pasado no terminado, vinculado al presente y caracterizado morfológicamente por su forma perifrástica que le valdrá el apodo de “pasado por rodeo” en la mismísima gramática de Nebrija donde ya se normaliza su conjugación y pasa a formar parte de la historia gramatológica de nuestra lengua.

Un pasado simplificado

Desde entonces, en el español normativo hemos manejado de manera paralela dos tiempos verbales estableciendo una oposición evidente entre el tiempo pasado de aspecto perfecto (Esta semana he comido mucha verdura) y el tiempo pasado de aspecto perfectivo (El año pasado comí mucha verdura). Se configura así un doblete temporal y aspectual nítido y claro ante los ojos de muchos gramáticos, filólogos, profesores y usuarios de la lengua que, de forma prescriptivista, eran capaces de trazar esa línea imaginaria que separaría el pasado reciente del pasado lejano, el pasado concluido del no concluido por estar todavía conectado al presente.

Las gramáticas pedagógicas, los libros de texto y los manuales para la enseñanza del español han interiorizado y reproducido esta distinción tradicional valiéndose de técnicas didácticas consistentes en asociar cada tiempo pretérito a contextos estereotipados, simplificando situaciones comunicativas y elaborando listas limitadas de marcadores temporales que podían predecir, y ayudarnos a memorizar también, la aparición de un determinado tiempo verbal en el discurso del hablante. De esta manera, durante décadas hemos asociado el pretérito perfecto a contextos comunicativos típicos de pasado reciente (contar nuestro día, enumerar acciones hechas durante el fin de semana, hablar de experiencias vividas) y marcadores del tipo ya, ahora mismo, hace cinco minutos, hoy, esta mañana, este fin de semana, este verano, este año, últimamente, etc.

La cosa parecía clara y la oposición pretérito perfecto compuesto/simple se convirtió en una de las preguntas estrella de cuadernos de ejercicios, test de repaso y exámenes de español: “Selecciona la respuesta correcta”, “Completa los espacios en blanco”, “Escribe una redacción de 250 palabras” …  Hasta en las pruebas para la obtención del DELE, antes de su restructuración según los niveles del Marco europeo de referencia, aparecía el pretérito perfecto sin cesar, como en este ejemplo del año 2005: 

  • ¿A que no sabes a quién me encontré en plaza?
  • Ni idea, ¿a quién?
  • A Miguel Ángel que ya…

a) ha vuelto    b) volvió    c) había vuelto

Esta verdad absoluta, que todos parecíamos dominar de manera automática dentro de las aulas y explicar de forma inequívoca a nuestros alumnos, no podía estar más lejos de la realidad.

Un pasado mítico

Y es que a lo largo de estos esto siglos de existencia y uso desenfrenado por los confines del mundo hispánico, el pretérito perfecto creció, maduró, se expandió y, también, en algunos lugares acabó por neutralizarse o gramaticalizarse (la diferencia entre ambos procesos puede resultar difusa de establecer según se analicen). Lideró una auténtica revolución dialectal en las cabezas de los hablantes para los que la oposición canté/he cantado dejó de tener un sentido temporal y adquirir una dimensión aspectual.

Esto quiere decir que muchos hispanohablantes empezaron a hablar del pasado utilizando uno de los dos tiempos casi por defecto. La dimensión geográfica de nuestra lengua, tan grande y tan extendida, hizo que se configuraran comunidades de habla más propensas hablar con la forma simple del perfecto y otras con la forma compuesta.

Las primeras voces de alarma centraron su preocupación en identificar en dónde se usaba y en dónde no se usaba el pretérito perfecto. La percepción de que el pretérito perfecto se utilizaba en España, pero no en América se gestó también desde el mundo académico y se alimentó en los circuitos de enseñanza de español norteamericanos donde poco a poco fue desapareciendo de los materiales didácticos. Este “mito” respecto a su peninsularidad o “leyenda urbana” (llamada así con mucho acierto por varios expertos) no podía estar más lejos de la realidad. Ni el pretérito perfecto se utilizaba solo en España, ni el pretérito perfecto se usaba exclusivamente para hablar del pasado reciente.

Un pasado variado

La realidad es mucho más compleja y mucho más entretenida, al menos para los dialectólogos. El pretérito perfecto se utiliza hoy en día en el español de Europa, África y América. Pocas zonas logran manejarlo en equilibrio con la forma simple del pasado. Parece que la balanza en el uso de ambos tiempos suele acabar por potenciar una de las dos soluciones. Mientras que la forma canté es la preferida en las variedades del español de Galicia, Asturias, Canarias (en España), y las variedades del español del Caribe, México, Centroamérica, los países del río de la Plata o Chile (en América); la forma he cantado domina en gran parte del español peninsular, en Guinea Ecuatorial y en los países de la América andina (Ecuador, Perú, Bolivia, norte de Argentina). Es más, algunos de sus usos, como en oraciones negativas (yo no he sido), en contextos resultativos (se ha ido, ya no está) o en frases hechas (¿cómo has estado?) son panhispánicos.

En las zonas en las que se utiliza el pretérito perfecto con más asiduidad para hablar del pasado, en lugares tan distintos como Salamanca, Sevilla, Lima, Quito o Santiago del Estero, podemos llegar a encontrar pretéritos perfectos en contextos de pasado lejano, o referidos al día de ayer o a anoche con total naturalidad, de la misma manera que aparecen en italiano y en francés. Esto nos indican que en ciertas regiones del mundo hispánico el pretérito perfecto ha modificado sus valores aspectuales y que sirve también para referirse a acciones con aspecto perfectivo, a eventos pasados completamente terminados del tipo: ayer he visto una película muy bonita, he terminado la universidad en el año 2010, etc.

La dispersión geográfica y aspectual del pretérito perfecto no es novedad, está cada vez más asumida e integrada por las instituciones y en obras académicas de referencia que se dedican a describir la lengua. La Nueva gramática de la RAE y de la ASALE, que ya va teniendo sus años, dedica decenas de páginas a testimoniar la variación del pretérito perfecto y ejemplificar su polifonía. Llega a describir y dar por legítimos y naturales usos que parten desde los contextos más típicos de pasado reciente, resultativo y hodiernal (acciones del día de hoy), hasta los valores de pasado existencial, experiencial, habitual o universal, incluyendo también los usos más alejados de la norma tradicional, como el valor perfectivo (acciones terminadas) o el valor narrativo, en los que normalmente esperaríamos encontrar un pretérito perfecto simple. Usos que desafortunadamente seguimos considerando como incorrectos o antinaturales en el contexto del español como lengua extranjera.

Un pasado relevante

En la gramática académica también se insiste en la relación directa que el uso del pretérito perfecto puede tener con eventos del pasado relevantes para hablante, independientemente de cuándo estos hayan ocurrido. El pretérito perfecto, quizás por el hecho de ser una perífrasis (está compuesto por un auxiliar y un participio), parece hacer sonar nuestro discurso más enfático, más insistente, o prolongarlo más que con el pasado simple, barnizándolo con una relevancia psicológica y un énfasis discursivo con los que nos sentimos muy cómodos en español. Ese valor de pasado relevante que no entiende de fechas ni de distancias, pero sí de afectos, de emociones y de recuerdos resulta ser el motor que hace aparecer al pretérito perfecto, conectándolo de manera psicológica con nuestro yo y nuestro relato presente.

Aquí radica la verdadera naturaleza del pretérito perfecto hispánico y es, desde esta perspectiva, desde donde vamos a poder entenderlo mejor. La gramática cognitiva nos propone conectar el tiempo y el espacio para visualizar la manera en que actúan los hablantes a la hora de, por ejemplo, utilizar un determinado tiempo verbal. La asociación del pretérito perfecto con el tiempo del “aquí” y del pretérito indefinido con el tiempo del “allí”, que en su día se propuso con gran claridad en la Gramática básica del estudiante de español publicada justamente por Difusión, no puede seguir estando más vigente ni aportar un enfoque más necesario para hacer comprender, interpretar y utilizar el pretérito perfecto a nuestros estudiantes, y acompañarlos a lo largo de este “camino de perfección” en español, sin perder de vista, claro está, que lamentablemente nada ni nadie, ni siquiera el pretérito perfecto, es perfecto en esta vida ni en esta lengua. He dicho. 😉